Un día cualquiera, como hoy. Salgo a las 8 de la mañana de casa con destino Estación Empalme para ir a Madrid. Andando, claro. Llego a la altura de Salesiandos y me topo con esta aberración: nuevo paso de bicicletas que choca con la medianera; ¡oh!, la incompetencia de quien proyectó esta nueva obra me da en la frente y mi lógica cae por el suelo. Ya lo arreglarán algún día cuando se den cuenta o lean muchas más opiniones como la mía. Sigo caminando, puente romano y Caldas arriba. Otra aberración el carril de bicicletas, innecesario, pero en el que no voy a insistir para no caer pesado pues ya lo comenté en otra ocasión. Al fin, y tras el cruce de la calle Basilio Álvarez, una intervención positiva para la ciudad y muy importante, la construcción de un parking público de más de 300 plazas, amén de un futuro parque que revaloriza absolutamente la ciudad al recuperar un espacio vertedero sin intervenir en muchos años. Bien, coño, bien. La siguiente impresión de la mañana es la fila que sale de la puerta de la estación hacia la plaza, o hacia la intemperie, que parece cosa de postguerra, para pasar al interior, control de equipaje y de billete. Kafkiano. Ya subo al tren, ¡oh, milagro: en hora!, partimos. Foto a Ourense, de mala calidad porque es imposible encontrarse los cristales limpios, pero ahí está, majestuoso nuestro río Miño y mi querida ciudad, que, pese a lo que pese, es la mía y la que quiero más. Pues si así comienza el día, esperemos que remate de la mejor manera posible, que es a la que voy y que contaré mañana en el tren de vuelta. Una buena forma de viajar entretenido, contar y contar.

