2.-
Es que crees que tienes mucho tiempo para todo y, sin embargo, aquí todo es nada, se pasa el día en una hamaca de bienestar que solo la consciencia de saber que es temporal nos ata a la obligación o a no alejar demasiado el pensamiento de nuestra cotidianeidad. Y al viaje. Desde Braga a Setubal son 4cientos y algo kilómetros que se llevan como antes era ir en autobús de Ourense a Vigo. Pero ahora, es verdad, los años acumulados en el cuerpo piden pararse en un café gasolinera que al ir por autopista no hay tu tía, o paras en ellas o no paras. Pues sí, paramos para estirar las piernas y darle descanso a la zona lumbar que es la que más se resiente con la misma posición al depender del volante. En estos lugares, copias unos de otros, el café es de 2,45€, casi precio de Café Majestic, y el agua de 75 centilitros a 3 y pico. Eso sí, puedes estirar las piernas y darte un paseíto por el aparcamiento para desentumecerlas. Setúbal y otro Meliá que, aunque con una estrella menos que el de Braga, es más acogedor y no está lleno de ruidos de piscina como el anterior, entre otras cosas porque aquí la piscina es de interior y hay que reservar hora. Registrarse y coger el atillo de la playa es todo uno, y la playa está a cuarto de hora de Ferry, en Troia, magnífica playa donde comienza este arenal mágico que si quisieras recorrer por la orilla tardarías al menos tres o cuatro días, estando bien físicamente, claro. El Ferry para dos personas cuesta 18,40€, y ya estás en la gloria. Temperatura del agua, perfecta para bañarse, no sé quien vende motos malas sobre el agua atlántica de Portugal, al menos la de Comporta, porque está encantadora. Un par de horas, o tal vez el doble, y vuelta cara a la puesta de sol, como si fuéramos de la mano. Después, cena buffet en casa, o sea hotel, y hasta el día 3.
3.-
Hoy toca ferry en coche, media hora en lugar del cuarto del día anterior, y 48€ ida y vuelta, lo que significa que tiene un valor cuatro veces más transportar el coche que el conductor. Pero una gozada para ahorrarse 75 kilómetros que nos llevaría en coche ir a Carballal rodeando el estuario; así ni treinta. Estos pueblitos no tienen nada, a no ser un par de tiendas que quitan el hipo al soñador sin billetera, pues nada baja de un precio calculado para sus visitantes más asiduos, sobre todo americanos, al menos hasta este año que por temas de relaciones bajas entre Europa y América dicen que se nota menos turistas yankees. Personalmente me apetecía visitar el lugar donde acaba el protagonista la novela de Ray Loriga “Cualquier verano es un final”, que a mí me encanta en su forma de narrar y, también, en su forma de estar y afrontar su propia penalidad. De Carballal a Comporta es un paseo, pasando por Carrasqueira y sus palafitos fantasmas, y el paseo por la playa nos acerca al lugar deseado, donde somos los más ricos de la tierra: un arenal inmenso sin la vista siquiera de una persona y enfrente un mar de color verde esmeralda con el agua a una temperatura que los baños no son solo refrescantes sino de auténtico placer natatorio. Cualquiera puede disfrutar de esta soledad oceánica, sin pagar un chavo y con todo el sol brillando para uno, o dos, cual si tuviéramos el mejor solarium del mundo. Vuelta en ferry, cena, lectura y ¡Dios…!
