Estoy hasta las plantas de los pies de pisar ciénago, cada día se hunden más y más mis pies por no drenar a tiempo este río de mierda política que anega cualquier conciencia inocente. La corrupción sistémica es terrible, porque no se cambian ciertas reglas imprescindibles para que no se corrompa quien detente el poder. Creer que uno está libre de caer en su propia debilidad cuando tiene ocasión de vivir como un marqués viniendo de una vida de revés, es igual que creer cual católico fervoroso que alguien está libre de pecado original. ¡Que no, coño, que no!; lo que pasa es que todavía hay clases en esto de pecar, pues los hay que pecan por debilidad humana y los que se hartan de pecar por cierta naturaleza intrínsecamente mala. No sé si es el caso de Pedro Sánchez, porque no lo conozco personalmente, pero me lo parece por muchas actuaciones y formas de comportarse políticamente en general y en particular por su pertinaz empeño en seguir en palacio, cual si fuera cualquier sucedáneo de Correa, cuando lo que merece es que toda la investigación iniciada a su alrededor persista hasta que la justicia se quite este marrón de corrupción que nos tapa las narices del mal olor que desprende en toda España. Estoy cabreado porque unos mentecatos de la peor calaña nos estén estafando a la cara sin que ésta se les caiga de vergüenza, y porque los sigan protegiendo muchos otros que con tal de que no venga la derecha les parece que todo debe estar permitido: robar, estafar, corromper, violentar y no sé cuántos cosas mas estarían dispuestos a pasar por alto estos leales idiotas ideológicos con tal de no alternar el poder democrático. Decía que es sistémica, y lo creo, porque son los propios partidos políticos quienes mejor demuestran como viven su democracia interna, que nos llena de dudas y de mediocridad en los puestos, donde el mérito está en cerrar filas con el jefe, cual si el jefe fuera Dios Omnipotente y Omnisciente. Después de cincuenta años de democracia seguimos sin listas abiertas, sin representaciones adecuadas al valor de un voto por persona, mandatos limitados, etc. La casta sigue siendo la casta, mal que nos pese, pero todavía un poquito más por las oportunidades perdidas por los que luchaban contra ella y se integraron en dos patadas. Si no fuera por el poder judicial y algunos periodistas (algunos, repito, porque la inmensa mayoría van con el micrófono detrás del favor político como sus jefes detrás de las subvenciones y publicidades institucionales que los mantienen) y si no fuera por algunos denunciantes particulares, aquí no canta ni dios. Menos mal que ya salió Santiago Segura al quite para anunciarnos lo que es de hecho una friega fresca para tal calentura, su película próximo de ‘Torrente, presidente’, y es que será lo que mejor podremos ver de cine social y costumbrista que refleje mínimamente la realidad actual.