Así lo pudimos leer en EL PAÍS, según crónica de Carlos Garfella y fotografía de Juan Barbosa. ES estremecedor leer al periodista contar como “Ver a un guardia urbano patrullar la playa de Barcelona un viernes por la noche es como ver a Moisés separando las aguas del Mar Rojo. A cada zancada de los agentes en la arena, decenas de jóvenes cargados con cervezas abren el paso como aguas egipcias ante el profeta. Da igual que el Govern aprobara el pasado martes la prohibición total de botellones como medida para frenar la transmisión de coronavirus entre los jóvenes. En la Barceloneta, al igual que en la leyenda bíblica, en la noche de ayer los chavales no tardaron ni cinco minutos en volver a invadir el arenal en cuanto la policía se dio la vuelta”.
Barcelona es una ciudad hoy especialmente tocada por los rebrotes del virus, pero a ellos como si nada; a algunos jóvenes, los mejor preparados – que dicen – que nunca, se la fuma lo que le pueda estar ocurriendo a sus vecinos o familias, al ser humano cualquiera en general por motivo de un contagio donde ellos están involucrados como todos para no expandirlo. Así hay que leer, y ¡manda huevos! según el cronista a una tal Andrea, mexicana afincada en la capital catalana desde hace casi una década, decir: “A mí, sinceramente, los muertos me dan igual”; esta joven diseñadora gráfica de entre 25 y 40 años, argumentaba que “después de tantos meses encerrados” la responsabilidad no podía volver a recaer sobre ellos. Gilipollas, como si además de los incompetentes políticos, que los hay de abondo, no fuéramos todos y cada uno de nosotros responsables en la parte que nos corresponda a las medidas individuales necesarias para acortar este dolor que no es ninguna coña, por mucho que crea la tal Andrea que un buen botellón con polvo incluido lo vaya a obviar en su caso y para siempre.
El problema es que no parecemos estar concienciados de lo que nos va en esta guerra, que no es igual que otras tradicionales, pero va camino de causar parecidos números de bajas humanas, y menos estos muchachos que dicen con la simpleza de una falta de reflexión pertinente: “Somos jóvenes, queremos socializar, tenemos ganas de pasarlo bien…”; claro, como si los jóvenes que palmaron en las guerras mundiales no quisieran hacer lo mismo, pasarlo bien en lugar de sufrir las consecuencias de la metralla a diez metros en trincheras o de bombas reventando sus cuerpos mientras pensaban en sus novias, por ejemplo.
A Andrea y los que piensan como ella, que la empatía retumba a años luz de su realidad, hay que aplicarles otro remedio social en estos casos de rebeldía innata, el de un papelito que cubre el policía de turno cuando intervenga y que comunica a la cuenta corriente que por mor de la salud pública se detrae de la misma una cantidad de 100 euros. Ya verás como cien euritos, y otros cien si persiste la rebeldía,y más cien, todos los cien que puedan necesitarse, despertarán la empatía de Andrea, ella tan chula respondiéndole al periodista por qué no hace caso de la prohibición y que pasarlo bien ella está por encima de pasarlo mal el resto de la humanidad.