El protagonista de la primera sesión de la denominada legislatura del cambio no ha sido el nuevo presidente del Congreso sino la presencia del hijo de Carolina Bescansa en el Congreso de los diputados. Dice ella, para reivindicar la conciliación familiar, y podía haber aprovechado también la ocasión para reivindicar la inocencia de los santos inocentes que se cargó Herodes, o llevar a la madre que la parió -o abuela si la tiene- para reivindicar la conciliación familiar orientada a la ayuda a nuestra tercera edad. Pero, en estos gestos tan bonitos, tan lindos, tan guay y cursis e innecesarios lo que me llama más la atención es que después de pasear al niño por el Hemiciclo, con o sin niñera que la lleva puesta, ponga el grito en el cielo para que nadie saque una fotografía del pequeño. Más que protección de datos protección de la estulticia de quien pretende que el mundo entero esté pendiente de su ombligo, o de su hijo, pero sin verle los ojitos. A trabajar, que es lo que hace falta Bescansa y déjate de querer darnos lecciones a los demás (muchos hemos tenido hijos antes que ella y en mi caso para hacer un seguro, lo ‘aseguro’, no era recomendable comercialmente acompañarse de ningún hijo mío, fuera cual fuese su edad) que hemos salido adelante sacando adelante también a la familia. Las medidas a corregir políticamente en el país son otras y hay que estudiar para encontrar la mejor manera entre todos de sacar adelante este bebé democrático que hemos parido todos hace relativamente poco todavía y que anda bastante enfermo y perdido.
A continuación la columna de hoy de Arcadi Espada en EL MUNDO y cuyo título es el que tomamos para la noticia: EL NIÑO TOMA POSESIÓN
La diputada Carolina Bescansa entró ayer en el hemiciclo con un niño a cuestas, diciendo que ella tenía toma y su Dieguito también, y sobre todo, ¡lo primero!, pidió a los fotógrafos que le pusieran el píxel al niño. Lo asombroso, según comprobé de inmediato en las webs noticiosas y comprobará hoy el lector en la inmensa mayoría de periódicos, es que le hicieron caso. Yo le habría dicho a la madre Bescansa que el niñito trajera el píxel puesto de casa, o que lo dejase en la guardería del Congreso, donde tienen algunos preciosos. O aún mejor: que no se preocupara la buena madre que el bebé no iba a tener el más mínimo interés fotográfico. Pero el periodismo transige porque casi todas las noticias, y las fotos muy especialmente, les vienen ya redactadas de fábrica.
La diputada Bescansa utilizó a su hijo de objeto propagandístico, sin que eso tenga nada que ver con la leche que mamó el cagoncillo, sino sólo, y escuetamente, con la burda estrategia comunicativa del partido Podemos, sistemáticamente basada en lo que llamaré a partir de ahora el anecdotismo, y que consiste en la usurpación de la realidad a manos de la simpleza. Cuando miembros de ese partido acuden a ver al Rey Felipe y le regalan ‘Juego de tronos’ (un folletín que han visto varias veces); o acuden a ver al presidente Rajoy y le regalan ‘Juan de Mairena’ (un libro del que no han leído ni las tapas), se apoderan de la crónica de un modo que causa rubor. Ni el serial televisivo ni las lecciones del maestro Mairena tienen nada que ver con la circunstancia en que fueron usadas, por más que la irrisoria vanidad de los petimetres pretenda elevarlos al rango de metáforas. De igual modo, obviamente, que la obscena ceremonia láctea que organizó la diputada Bescansa nada tiene que ver con su toma de posesión como diputada.
Yo tendría interés en hablar seriamente de esas mujeres y hombres malcriados que como dice Elisabeth Badinter lo quieren todo: el poder y la teta; la luz y el píxel. También de la liga láctea y la mami chimpancé como modelo a seguir. Del Defensor del Menor, incluso, y sus labores. Pero la diputada Bescansa no lo merece. Lo que merece, sin más, es que el presidente Patxi López, en su primera medida de calado, le aplique la famosa jurisprudencia Celia Villalobos Candy-Crush y la sancione con 500 euros de multa por no estar al caso.